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“Después de George W. Bush, un presidente con trazas de vaquero esquemático, a mitad de camino entre la violencia y la ignorancia, con una visión petrolífera del universo, por simple atracción de contrarios, el elector norteamericano puede que haya generado la necesidad de un predicador profético, que encarna las aspiraciones de regeneración de una sociedad atormentada por la guerra y el desastre económico... líder cuyo carisma se debe únicamente al deseo de cambio que su figura ha sintetizado… ícono de una familia de negros ocupando la Casa Blanca contiene una carga de energía tan positiva, que la historia de la humanidad nunca podrá librarse ya de ella... un político que por su pelaje en cierto modo pertenece al mundo entero... debe saber que de esta crisis no se sale sin una nueva conciencia social... Llegar a la Luna sin salir de casa podría ser hoy la gran hazaña de Barack Obama... Al presidente electo le espera un planeta destrozado, y a su país no le van a salvar ni los salmos ni las plegarias. Pero en el fondo del inconsciente colectivo hay algo espiritual e imbatible que Barack Obama ha despertado.” Así reflexiona el periodista Manuel Vicent sobre la figura de Obama y su impacto. Con todo y cada una de las mil expectativas que ha generado Obama, antes de asegurarse que será “un fiasco para su pueblo y para el mundo”, un miasma —una mancha, un efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas—, hemos de estar de acuerdo en que un mundo en ascuas, requiere de enérgicos estadistas, hombres de clara conciencia sobre las vicisitudes, calamidades y atropellos que agobian hoy al orbe entero…. Que, ahora, cuando las fuerzas israelíes continúan atacando la Ciudad de Gaza y presionando hacia el interior de barrios densamente poblados; cuando toneladas de ayuda humanitaria arden, mientras Israel demuestra, una vez más, no conocer los límites de su terrorismo estatal; cuando miles de palestinos aterrorizados huyen ante el avance de las tropas israelíes sin que aparezcan lugares seguros donde refugiarse, ojalá la aparición en la escena política mundial de Obama, haga aflorar al estadista oportuno, decidido a contribuir, con su autoridad, al cese al fuego en Gaza en procura de la paz definitiva entre Israel y Palestina.
Plegaria por la PazUna leve sospecha nos consume: al borde de esta nueva primavera, van los hombres derecho hacia la guerra, dispuestos a acabar con la alborada. Amigos y enemigos se confunden con los mismos presagios de la muerte; no bastan los sollozos de las flores para calmar las furias de los vientos. Definitivamente se pelea. La sangre de los hombres se derrama. Cada vez son más altas las hogueras. La pavura del hombre se agiganta. Al verse codo a codo en la trinchera, ni dueño de su sombra ya se siente. Hablamos de la muerte compañero, la misma que nos tiene sin cuidado, la que ha perdido el precio entre nosotros, la muerte, la infalible compañera. Pensamos en los campos de batalla, en ellos se nos funde la esperanza. Pensamos en mejores madrugadas para el pan amasado con la aurora. Pisoteada está la primavera. Son pocas las mañanas que nos quedan. No está quedando tiempo para el sueño. Cuidemos entretanto a nuestros hijos, mientras trenzan sus sueños lentamente. Sigamos con la vida que nos resta. Es tiempo de velar por la esperanza, por los nuevos caminos de la aurora. Es tiempo de acercarnos a la madre a pedirle el aliento de la vida. Es tiempo de mirar a las estrellas, de andar con el hermano que nos queda a la huerta perdida entre la aldea para ver qué semillas recoger. Es tiempo de arrumbar los macundales, de encontrarnos de nuevo con la vida para invocar la aurora del vidente. Hablamos de la guerra, infatigable huésped milenario, oráculo perenne del destino, se ensaña contra el hombre desde siempre y más contra el hombre de este tiempo. Acosa su figura, lo atropella, cabalga con los siglos, dibuja y desdibuja las fronteras, donde rebota, alegre, la pobreza. Carga con los sueños de los árboles y acaba con praderas y con valles. Implacable enemiga de los hombres, cruelmente los azota en todo tiempo. Primero fue Caín, quien no supo de su hermano y con él surgieron tantas guerras, que bastaría juntarlas para poblar una segunda tierra. Después fue un pueblo en el desierto en busca de la tierra prometida. Hoy los hombres pelean por la Luna. Mañana se disputarán el Sol. Hiroshima tan sólo fue una muestra. De niños supimos de Corea. Recordamos la suerte de Vietnam, alarido de un pueblo combatiente, amarrado a sus entrañas vivas. En Sabra y Chatila salpicaron de sangre las estrellas. Cuando el aire huele a pólvora la guerra envejece el corazón. En la noche de la guerra, del hambre y de la lluvia, aparece, gigante, la sombra de la muerte. Por los niños perdidos en la guerra ¡Señor! danos menos fuerza para la guerra y más valor para la Paz.
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